viernes, 30 de abril de 2010

Freud o el esquema psicoanalítico


(…) así se abrirán los caminos que conducen al reino de la psicosis, ya sea la individual o la de masas, y se sustraerían valiosas energías de aquellas aspiraciones que se vuelcan a la realidad efectiva para satisfacer en ella, en la medida de lo posible, deseos y necesidades.

-Freud, Sigmund, 35ª conferencia en torno a una cosmovisión (p. 147).

Freud y el Esquema del psicoanálisis (1938-1941)

Julio de 1936. El Doctor Sigmund Freud redacta a gran velocidad, una obra epítome, capaz de sintetizar en cerca de un ciento de páginas, los principios generales de su teoría psicoanalítica. Después de notables ensayos sobre el subconsciente humano y exploraciones sobre el comportamiento social, Freud pretende recoger todo su pensamiento en un organigrama puntual de sus postulados. Decide realizar entonces, un “esquema” o “esbozo” del psicoanálisis (abriss der psychoanalyse). Una especie de “manual para psicoanalistas”, que será complementado por futuros precursores del estudio del perfil psicológico, como Lacan o Erich Fromm.

Es a partir de estas anotaciones, que en 1938 emanará la publicación de Esquema del psicoanálisis, obra póstuma freudiana que se divide en tres partes. La primera, explora el fenómeno psíquico, la mente humana y los niveles de percepción de la misma. La segunda, en cambio, utiliza la teoría y conceptos esbozados por la primera, para explicar estos mismos postulados, pero por medio de aplicaciones prácticas, como la interpretación de los sueños, la neurosis o la psicosis. La tercera parte no fue redactada por Freud exactamente, ya que él falleció antes de que el libro fuese publicado como tal. Más bien, la tercera parte podría atribuirse a los revisores de Freud, que dotaron al volumen de una pequeña conclusión, en base a una serie de puntos rescatados tras la revisión de las notas del autor. Esta tercera parte lleva como título, Los beneficios teóricos del psicoanálisis, y explora, el retrato del mundo exterior, el mundo psíquico y la estampa del mundo interior.

En la edición original de Esquema del psicoanálisis (Londres 1941, Imago Publishers), existe una nota introductoria que menciona:

(e)n contraste al resto del manuscrito, las anotaciones que comprenden la parte tercera, son sumarias y están repletas de anotaciones. Poseen numerosas palabras reducidas a abreviaturas. Los alumnos de Freud agruparon los conceptos en una redacción y los editores ingleses complementaron las sentencias fragmentarias.[1]

Cabe destacar que el Esquema, al ser publicado, revisado y distribuido en Londres (donde fallece Freud, en 1939) y no en Alemania (donde nace, en Freiberg, en 1856), se convirtió en una de las obras más “rentables” o “comerciales” del padre del psicoanálisis. No es en sí, lo más explicativo que puede leerse sobre el psicoanálisis o la mejor de las fuentes en la materia, sin embargo, hace la función de un “Freud para principiantes”, de una especie de primer acercamiento al psicoanálisis freudiano, sobre todo, para los estudiantes universitarios, los inexpertos en el tema, o para aquellos que desean acercarse a Freud por mera curiosidad. Por otra parte, este pequeño libro es el que propulsa a Freud a la “fama internacional”. Lástima que el psicoanalista no le tocara estar vivo, para cuando llegara su reconocimiento. Ironías que resultan de la genialidad, después de todo.

En vida, Freud no fue precisamente un laureado académico, sino por el contrario, un revolucionario. En los años veinte, cuando la sociedad europea, se encontraba en plena “reconstrucción” tras la Primera Guerra Mundial, se presumía nacionalista y de altos estándares morales, y estaba ensombrecida por la depresión humana y económica de la posguerra, Freud vino a pronunciar la palabra “sexo”, lo más fuerte que pudo. Para el contexto alemán, Freud era un loco; un atentado contra la moral, un desertor de los valores nacionales y un crítico del discurso de la modernidad y del progreso. Una verdadera amenaza. Incluso metodológicamente, o en el rubro estrictamente epistemológico, Freud era un rebelde. Utilizaba métodos alternativos como la conversación, en lugar de las pruebas psiquiátricas comunes, basadas en terapias eléctricas y medicamentos. Promulgó la fenomenología y métodos “acientíficos”, en una sociedad académica cuya base estaba en la ciencia funcional y progresiva (positivista). Creía más en la hipnosis que en los métodos conductistas que pretendían “entrenar” a los individuos patógenos, para dejar a un lado comportamientos “inadecuados”. Se presumía judío en un ambiente ateo y existencialista, por lo que fue mal visto, y por lo alternativo de sus teorías, tampoco los judíos le recibieron. Inquieto y sumamente curioso, no era precisamente el alemán más convencional. Lo miraban como un “anormal”, como un ser humano muy extraño. Freud sonreía a sus adentros. ¿Quién no es “anormal”?, ¿quién no es “extraño”? Freud nos condujo a saber, que todo individuo oculta verdades, que todos se autorreprimen y que, de conocerse en verdad a sí mismos, todos se asustarían de quiénes son en realidad.

El gobierno del Fuhrer y la instauración del nazismo en las instituciones del Estado alemán, provocaron la persecución de la escuela psicoanalítica alemana. Muchos discípulos de Freud como Carl Jung y Wilhelm Reich –cuyas tesis se desligaban de los fundamentos freudianos-, fueron severamente reprimidos por el Estado totalitario[2]. A Freud no le quedó más remedio durante el último año de la década de los treinta, que huir a Gran Bretaña para refugiarse. Cuando las universidades inglesas se percataron de la efectividad y novedad del psicoanálisis, Freud comenzó a ser revalorado en Alemania, por una comunidad de académicos aún muy estrecha.

Lo que es importante constatar es que, para la Alemania de los treinta, Freud podía tener sólo dos lecturas posibles: la del “enfermo mental”, “profeta de lo inmoral”, o bien, la del “objeto de culto”. Los nazis quemaban sus libros, pero el centro de estudios de Werke guardó desde finales de los veinte sus obras completas, para crear una especie de “capilla freudiana”[3]. Tras comenzar a publicar en la capital inglesa, la recepción colectiva de los escritos de Freud, y específicamente el Esquema, muestran también estas dos lecturas polarizadas. Los ingleses “popularizan” al alemán después de su muerte. Comienzan a debatir las tesis de Freud en las charlas de sobremesa, publican centenares de ensayos críticos o en torno a la teoría psicoanalítica, y comienzan a aplicar los saberes del psicoanálisis a otros rubros del conocimiento. Tal fue lo que hizo el grupo de los surrealistas, comandados por el francés André Bretón y por el pintor y artista plástico español, Salvador Dalí. Rescataron la postura de Freud sobre los sueños –la separación del mundo onírico y subconsciente, del de la vigilia y consciente-, para experimentar con un arte abstracto, espontáneo y supuestamente, producido enteramente por el “superyó”[4], fase profunda del intelecto humano sobre la cual explicaremos más adelante. Bretón establecía en su Manifiesto Surrealista, una interesante paráfrasis de Freud, pero aplicada a los lineamientos estéticos de su movimiento: “hay en el interior de cada ser humano, una parte de pensamiento en donde no se piensa. Sin razón, un dictado puro del pensamiento sin la acción reguladora de la razón, ajena a toda preocupación estética, reguladora, política o moral.[5]”

Pero, ¿qué es lo que hace a Esquema del psicoanálisis tan importante a nivel, no sólo académico, sino también social? Debe tomarse en cuenta que se está ante una especie de “antología”, ante una rigurosa selección de teorías, elegidas por el propio Freud, que construyen un todo congruente y armónico. El padre del psicoanálisis divaga en la mayoría de sus libros, experimenta, debate, explica, pero sin preocuparse arduamente por la demostración de un punto medular. Textos como Psicopatologías de la vida cotidiana (1901), no resultan ser ensayos puntuales, sino más bien, disertaciones filosóficas sobre la acción de la mente en el diario vivir. Otras obras como El malestar en la cultura (1927-1931), son tesis mucho más acabadas y demostrativas, pero con numerosos ejemplos y apartados, con el fin de complementar un objetivo central. Tal vez el Esquema resulte ser la obra más organizada y estructurada de Freud, aunque es también, de las más ambiguas, por su naturaleza de organigrama, y por su falta de ejemplos a consciencia. Para entender muchos de los conceptos manejados por este texto, es conveniente remitirse a conferencias, ensayos o cátedras anteriores, en donde se abordan los mismos términos y temas, pero a mayor profundidad. De esta manera, el Esquema es una especie de “panning”, de “vista panorámica” del pensamiento de Freud. Un “mapa del freudianismo” como tal. Se abordan, a través de sus páginas, las grandes obsesiones de la obra freudiana completa, aunque sea de forma escueta: la estructura del aparato psíquico, las pulsiones y el instinto, la interpretación de los sueños, y la libido. Se habla de una “vida psíquica” del ser humano, de que nuestra especie parece vivir en dos planos. En uno, la praxis, actúa, llevando una vida material, exteriorizando sus gestos, movimientos e ideas, por medio de la comunicación oral. Parece que la mayoría, en este ámbito “práctico”, tuviesen el control de sí mismos; de lo que dicen, de sus actos, de sus gestos. En otro, la psisis, este control no existe como tal.

En el primer apartado, Naturaleza del aparato psíquico, Freud establece que la mente humana, no se limita al cerebro, bulbo raquídeo, hipotálamo y nervios, lo cual conformaría una pobre “materialización” de lo psíquico. Freud compara el “aparato psíquico” en cambio, con cualquier sistema orgánico del cuerpo humano, pero ubicándolo en un espacio “inmaterial”, que se genera a partir de las relaciones químicas y eléctricas del sistema neurológico. En el plano psíquico, el ser humano sólo “conecta” sus ideas, sin detenerse a analizarlas o a aprobarlas. Simplemente recibe estímulos, crea realidades y construye hábitos. La psisis puede en todo caso, criticar la praxis y reprimirla, reorientarla, o bien, modificarla, pero resulta imposible que la psisis se critique a sí misma. El mundo psíquico es un misterio para el hombre, que desconoce el funcionamiento de sus procesos inconscientes. Cabe destacar, sin embargo, que no porque el hombre desconozca el cómo trabaja su psisis, ésta dejará de hacerlo. La psisis es dinámica, y no se detiene a darle oportunidad a su poseedor de analizarla rigurosamente. Así como la digestión o la respiración, el pensamiento es un proceso involuntario y continuo. La gran diferencia, sin embargo, entre los procesos orgánicos comunes y el pensamiento, es que el segundo es un proceso que ha sido “alterado” de su naturaleza. La acción del individuo sobre su propio proceso, y de la sociedad asimismo, es irrevocable. El pensamiento plenamente anímico, “animal”, si así pudiera llamársele, del ser humano, es reprimido por un nuevo pensamiento, conformado por un conjunto de construcciones intelectuales heredadas por la sociedad. Por tanto, Freud destaca que el “aparato psíquico”, pasa de ser somático o pulsativo (de deseos, o buscando aquello que le da placer al individuo, o que cumple con las necesidades químicas humanas), a ser un sistema idealista, entendiendo por “idea”, toda construcción tradicional que se incrusta en la psisis para modificar su naturaleza, hecha originalmente de deseos y pulsiones. Freud llama a estas injerencias “no naturales” del individuo y la sociedad en la mente pulsativa, procesos de consciencia. Para el autor, la base del entendimiento del “aparato psíquico” es, primero, la comprensión de cómo trabaja la mente humana en su plena naturaleza, deseante y pulsativa, y a posteriori, el análisis de los procesos de consciencia, como aquellas externalidades psíquicas que van modificando a la mente en su estado no reprimido.

Freud divide la mente, por tanto, en tres instancias. Una representa la naturaleza deseante de la psisis del individuo, otra, la reprimida y estrictamente social; la tercera, emana del mero proceso de interrelación entre ambas. “A la instancia más antigua de la evolución individual, encargada de contener las expresiones psíquicas que ignoramos, que se gobierna de estímulos y dispositivos, (…) y que se resiste a modificarse de la acción del mundo exterior, (…) le llamaremos ello.[6]” El superyó, por su parte, representa la parte que “se impone”, de la sociedad a la mente humana. “Comienza con la influencia parental sobre el niño, y pasa a conciliar al ser humano con su entorno. (…) En el curso de la evolución individual, el superyó incorpora ulteriores sustitutos de los padres, como los educadores, los personajes ejemplares, los ideales venerados por la sociedad, la nación[7].” El tercer estadio, finalmente, es el yo, ubicado en medio del ello y del superyó, a manera de regulador. “El yo representa la autoridad, la afirmación, la coordinación de los movimientos voluntarios.[8]”

El ello es inconsciente, y por lo general, articula las primeras respuestas ante los estímulos del entorno. Funciona a base de “pulsiones”, que se definen por Freud como aquellos mecanismos involuntarios que emanan de cualquier estímulo. El “deseo”, es aquella pulsión que no ha sido consumada. Por ejemplo, cuando se tiene hambre y se ve, en el momento, un delicioso platillo de lentejas, el ello motivará al individuo a comer, justo en el instante. Tal vez, las lentejas no le pertenecen al hambriento, por lo que se reprimirá la pulsión. Es entonces cuando el “deseo” comienza, cuando se huelen y ven las lentejas anhelando comerlas, pero bajo la consciencia de que no es posible. ¿Quién o qué, determina que las lentejas son “incomibles”? El superyó, que funge como la parte consciente del ser humano, que lo dota de una noción valorativa de su vida en sociedad, a través de la noción del gusto, de la conveniencia o de la moral. El ello es irracional, el superyó, en cambio, racional. El ello es afectivo, y tiende a buscar el placer, el superyó, busca estrictamente la consciencia y la congruencia con la normatividad convencional de la sociedad en la que se vive. Por tanto, Freud destaca que el ello es una herencia biológica de la especie humana, que se inscribe dentro de la parte orgánica del hombre: su sistema glandular y nervioso. El superyó no es una herencia de la biología, sino de la vida en sociedad, de lo permitido y de lo no permitido. El yo, finalmente, es la acción voluntaria de “obediencia” al ello o al superyó, o a un equilibrio entre ambos. La acción de un “yo determinado” aumenta, conforme el ser humano adquiere consciencia de las dos fuerzas anímicas que debaten en su interior. De ser un individuo, plenamente pulsativo o reprimido, el yo es débil, ya que se habla de una persona entregada a los designios del ello, o bien, del superyó.

Para justificar que el ser humano se debate entre dos polos anímicos, el ello y el superyó, Freud debe antes establecer, a manera de postulado, que los seres humanos se comunican con su entorno a través de “pulsiones”. Así, Freud desarrolla la teoría de la pulsión, que tiene sus antecedentes más rudimentarios en los conductistas arcaicos rusos, como Pavlov en el siglo XIX, y que se ve trabajada después de los cincuenta por el Círculo de Viena y el funcionalismo. “El verdadero propósito del individuo, es satisfacer las necesidades que ha traído consigo. (…) Las pulsiones son aquellas tensiones del ello. Las respuestas a las exigencias somáticas.[9]” El superyó, no es que “reprima las necesidades humanas”, sino más bien, que genera en el individuo, “nuevas necesidades” ad hoc a una naturaleza distinta de éstas. Mientras que las primeras necesidades, las del ello, son estrictamente biológicas, las del superyó son sociales y morales. El acto sexual es el mejor ejemplo para ilustrar este juego biplanar planteado por Freud. El hombre, como ser sexuado, posee la necesidad de ejecutar el coito para reproducirse. ¿Por qué no, entonces, al llegar a una edad reproductiva, simplemente copula con alguien del sexo opuesto, sin siquiera saber de quién se trata? Porque el superyó, por formación social, impone una nueva carga valorativa en el individuo: el concepto de sexualidad. El coito no puede ejecutarse, si no es relacionándose con un “juego erótico”, que trascienda la mera necesidad glandular o reproductiva, e instale nuevas necesidades: el gusto, la estética corporal del sexo opuesto, el deseo, la privacidad del desnudo, o bien, el anhelo de la exhibición de ese coito o de ver a otros en ese coito. El sadismo, el masoquismo, el gusto por el deseo, por anhelar al sexo opuesto sin consumar el coito, son necesidades individuales, que operan como respuesta a estímulos socioculturales, o a la circunstancia sexual de cada historia personal. Lo “sensual”, atractivo o deseable, en lo que al sexo se refiere, son nociones sociales, tradicionales y educativas, que acompañan a la necesidad biológica, al grado de que el individuo desarrolla un nuevo “yo sexual”, incapaz de desligarse de sus pulsiones, pero también, de los discursos sociales que las acompañan.

Las necesidades del ello y las del superyó son contradictorias. Mientras que el ello incita a satisfacer las pulsiones, el bienestar del superyó radica en no satisfacer esas pulsiones. El sexo entendido como una cópula, es necesidad del ello, pero el erotismo, es la acción del superyó. El erotismo emana, según Georges Bataille (1997), de la represión del sexo aunada a la incitación continua de consumar el acto sexual. El gusto por la excitación sin el coito, es el deleite del superyó, que se divierte represivo, mientras que el coito final, es el goce máximo del ello. La mente opera de forma dialéctica, mediante la oposición permanente de pulsiones, que aún a “nivel del ello”, resultan contradictorias. Aquella que resulta más fuerte e incapaz de ser dominada, es finalmente la que logra modificar el comportamiento del individuo. Freud establece que existe una sinergia, a través de la oposición pulsativa, que es lo que hace al ser humano, un individuo multidimensional, incapaz de ser definido de forma simplista. “El instinto (ello) funciona en sí mismo como una polaridad antinómica de pulsiones. La atracción y la repulsión, rigen el funcionamiento de lo orgánico.[10]” Existen dos pulsiones “maestras”, o que representan el principio de todas las pulsiones cotidianas: la de conservación de especie o auto conservación, y la de muerte. La primera, es aquella que pretende la preservación de la vida y de donde brotan el amor y el cuidado de los otros. La segunda, en cambio, es de donde emana la búsqueda de la muerte, propia o de los demás, “es la que persigue la disolución de las vinculaciones, la destrucción, el aniquilamiento[11]”. Los seres humanos se mueven de una pulsión a la otra, y suelen a veces, ser manipulados más por una que por otra. El represivo, tímido o impotente sexual, es aquél que se opone por completo al aniquilamiento, y que pretende sobreponer la seguridad personal, casi en un tono egoísta, por encima de lo salvaje. El agresor, por otra parte, es aquél que prepondera el aniquilamiento por encima del respeto de conservación que el otro exige.

Las primeras pulsiones, al relacionarse íntimamente con lo sensorial, son estrictamente sexuales, y construyen en el niño lo que es su libido, que se traduce como la noción de un “placer sexual”.

[1] “Noticia preliminar” en Freud, p. 8.

[2] Para explorar las diferencias teóricas entre los autores, ver Jung, Carl Gustav, Freud y el psicoanálisis (2000).

[3] Freud, Op. Cit.

[4] Conviene ver el Manifiesto Surrealista (Primero), de Bretón (1924), en donde el autor especifica: “el arte emana del espíritu, que obedece a los susurros de la mente perdida, en esa noche profunda en que mente, al espíritu le habla” (p. 27).

[5] Op. Cit., p. 29.

[6] Freud, p. 13.

[7] Ibíd., p. 15.

[8] Ibíd., p. 12.

[9] Freud, p. 15.

[10] Ibíd., p. 21.

[11] Op. Cit.

Guillermo de Occam, o de la imagen y el nominalismo

La rosa se vuelve rosa cuando el hombre le puso este nombre. En la mente de Dios, no sabemos cómo se llame la rosa.

-Guillermo de Baskerville en El nombre de la rosa, de Umberto Eco, p. 211.


El nominalismo medieval

Durante la Edad Media, la ciencia estuvo dominada por el “providencialismo”, que suponía que todo aquello que ocurre es generado por Dios y parte de Su Voluntad. No había libertad plena de estudiar ciertos fenómenos considerando, que la respuesta de la problematización era que si algo ocurría, era debido a que así lo designaba Dios. Por ende, las ciencias naturales se limitaron a la clasificación de especies, y no al estudio del origen zoológico o botánico de las mismas. Los fenómenos se concebían a partir de sus categorías, pero no problematizando su origen, ya que se presuponía que en la divinidad, se encuentre el origen de todas las cosas. Es así, que en el medioevo surge una corriente filosófica que plantea el estudio de las cosas a partir de sus características y “nombres”, y no a través del cuestionamiento de su origen. Tal corriente, se le denomina nominalismo, y comienza en 1277, con las primeras tesis de Tomás de Aquino (1225-1274), quien plantea que la lógica aristotélica es la base del conocimiento, pero no partiendo de la premisa de que “todo se ignora”, sino más bien, de que “se desconoce cómo Dios hace funcionar el fenómeno”. En sus summas, Tomás de Aquino planteaba que Dios antes de crear el mundo, articuló en la mente divina una “idea” del mismo, que en última instancia, se materializó. El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, posee la facultad de “concebir” cualquier concepto en su mente, y de acercarse a él, materializado, a través del mundo sensible. Dios le dio a Adán, la facultad de “nombrar” a todas las cosas creadas. El hombre, por ende, articula códigos para nombrarlo todo. El fin último de las civilizaciones, es conocer su entorno y darle nombre, para aceptar la mayordomía “nominal” con la que Dios enviste al ser humano.

Todas las cosas poseen una “esencia”, un “espíritu”, según establecía Agustín de Hipona (354-430), discípulo del apóstol bíblico Pablo. El mundo sensorial, no es más que un “referente concreto” de lo espiritual. El “nombre”, es la conexión entre materia y espíritu, sin embargo, no todo lo “nominal” es concreto. Dios existe porque tiene un nombre, como el amor, el odio, la virtud o la paciencia. El “nombre” da existencia a las cosas, cuando valida las nociones sociales. Según los agustinos, Dios creó al mundo por medio de “la palabra”. Dándole nombre a todas las cosas, fue generando el universo. El hombre desconoce el nombre de Dios (lo llama “Supremo”, “Poderoso” o “Yahvé”, “el que es”), porque no puede llegar a Dios a través de su condición material. Cuando trasciende de la ciudad de los hombres (material), a la ciudad de Dios (espiritual), podrá conocer el verdadero nombre de Dios, y escucharlo de viva voz.

Guillermo de Occam: ¿nominalista?

A pesar de ser considerado el más grande nominalista de todos los tiempos, Guillermo de Occam (1280-1349) no es propiamente un nominalista, en el sentido de los beatos medievales. El pensamiento de Guillermo, es más bien una lógica lingüística disfrazada de nominalismo. Más allá de proponer la dicotomía “espíritu” y “materia” de Agustín, o “idea” y “cosa”, de Tomás de Aquino, centra su análisis en lo estrictamente material, centrando la bifurcación de lo asible e inasible, en “imagen” y “referente concreto”. Guillermo planteaba que, independientemente del mundo divino y espiritual, en el plano material, había una nueva bifurcación entre lo inteligible, que es la palabra o el conocimiento, y lo sensible, que remite a todo aquello que rodea al hombre. “Guillermo es el más radical de los nominalistas, ya que promueve la erradicación de cualquier idea que no halle referentes en el mundo sensible[1]”. No es que Guillermo planteara que el amor o la verdad, que son intangibles, no existieran, sino que proponía, que no existirían de no verse reflejados en referentes concretos, que pueden ser llamados amor o verdad. El ser humano, no puede “entender” aquello que no le ha sido explicado, o que no ha visto. Para conocer el amor o la verdad, debe relacionar estos conceptos “espirituales” con referentes concretos, que provisionalmente cargan con el nombre de amor, o de verdad. Estos referentes, que se asocian con un nombre intangible, reciben el nombre de imágenes. Dios existe, según establece Guillermo, debido a que se pueden ver “imágenes de Dios”, en su creación. El cielo, la perfección de los paisajes y la bondad humana, hecha a semejanza de la divina, son concreciones de un Dios inasible, al que llegará el piadoso después de la muerte.

Para entender cómo es que la filosofía de Guillermo se separa de la de otros beatos católicos menos “lógicos”, es necesario comprender que su trasfondo histórico y educativo, difirió en gran medida, del de otros escolásticos. Guillermo de Occam (u Ockham), nació en la ciudad que le dio nombre, cerca de Oxford, en la Gran Bretaña. Desde muy pequeño, fue entregado por sus padres a un monasterio franciscano para su crianza. Durante su adolescencia, por su perspicacia y habilidad para memorizar porciones de las Sagradas Escrituras, fue llevado a la abadía de Aviñón, en Francia, para perfeccionar su educación. Aviñón, sin embargo, tenía una particularidad importante. Los franciscanos franceses no creían que el ascetismo (aislamiento, silencio y sufrimiento), condujeran al paraíso. Por el contrario, defendían el derecho de Dios había dado a los hombre para divertirse –con límites- y estudiar. Los libros que estaban prohibidos en otras abadías, no se restringían en Aviñón, por lo que muchos franciscanos eran doctos en música, lógica, matemáticas o artes plásticas, además de conocer de teología. En 1333, Guillermo publicó su Lógica mayor o Summa lógica, donde establecía que el “nombre”, no se encuentra en la mente de Dios, sino en la del hombre. Para Occam, el nombre de las cosas es impuesto, arbitrario y convencional. Cada sociedad nombra de forma distinta a los objetos, según la tradición. Dios no es el que nombra a las cosas, sino que otorga al hombre de la capacidad para nombrarlo todo, a través de la lógica, que es al conexión de la cosa o imagen, con un nombre, que funge como etiqueta. Cuando en Roma se enteraron de las tesis de Guillermo, lo condenaron por herejía y lo hicieron comparecer ante el papa Juan XXII. Se dice que Guillermo utilizó tesis agustinas para convencer al papa de que existen dos “nombres” en las cosas, uno terrenal, puesto por el hombre, y otro divino, puesto por Dios. Al final, fue perdonado. Sin embargo, posteriormente volvería a ser perseguido, al determinar que la “vida humilde”, “el vivir con decoro”, son pilares de la fe cristiana, y que el papado los violaba al apoderarse de tierras y metales. Desde 1328 y hasta 1349, año en que muere de peste en Munich, Guillermo huye de Francia a Alemania (Imperio prusiano, parte del Sacro Imperio Romano-Germano).

Para Guillermo, la fe se traduce en la “creencia de lo indemostrable”. Niega que exista forma alguna, directa y tangible, de concebir a Dios, de no ser por “los productos de Dios”. Asimismo, no puede demostrarse la inmortalidad del alma. “Rechaza (…) la distinción real entre esencia y existencia, entre sustancia y accidente[2].” Lo que existe, posee una sustancia en sí mismo, a partir de lo tangible, y no en un nivel metafísico. La “imagen” y el “nombre”, componen la sustancia de la cosa. El carácter “cósico” de algo –su facultad de existencia-, está en su capacidad de ser representado y nombrado. Existen, según establece, dos tipos de conocimiento: uno intuitivo y directo, que es el que nombra lo tangible que rodea al hombre, y otro universal e indirecto, que nombra lo que “todos conocen”, lo que se encuentra en la mente de la multitud. Descarta el pensamiento agustino de un “espíritu en todas las cosas”. Más bien, las cosas están en la mente humana. No hay Dios más allá del que concibe la propia mente, en la vida terrena. Hasta que el hombre no conozca a Dios-objeto, en los cielos, Dios vivirá en la mente del hombre, como una “imagen” y un “hombre”. Así como la mente de Dios concibió todas las cosas, todos los objetos capaces de ser nombrados universalmente, están en la mente del hombre. Destaca:

(…) yo sostengo que ningún universal (imagen-nombre convencional), a no ser acaso, el universal que resulta de la institución voluntaria o de un grupo, es algo que exista de algún modo, fuera del alma, sino que todo aquello que es predicable de muchos, por su propia naturaleza está en la mente, ya de una manera subjetiva, ya objetiva, y que no existe una esencia o quididad (de quid) de una sustancia[3].

Guillermo de Occam populariza la noción de “término”. Define este concepto como “el nombre que se le brinda a toda cosa, a partir de la cosa misma o en la mente[4]”. Es decir, existen dos tipos de términos, los que refieren a una conresión (la cosa), o los que remiten a una “imagen de la cosa”, a un “inexistente” o “concepto de la mente” (como el amor). El conceptualismo, de Tomás de Aquino, Agustín de Hipona y los platónicos, promovía que de la “idea”, se materializaron todas las cosas. El nominalismo de Guillermo se inclina por un camino contrario. A partir de lo creado, el hombre otorga un “término”, que guarda en su mente y comunica a otros hombres, creando “universales”.

La “navaja de Occam”

El lema de Guillermo era “en igualdad de condiciones, la solución más sencilla a un problema, es la correcta”. La llamada “navaja de Occam”, consiste en un juego lógico que plantea, que no existe una esencia más allá de los mecanismos pragmáticos, asibles y visibles, que el hombre puede encontrar, en el funcionamiento de los fenómenos. Por ejemplo, considerando que una manzana cae al suelo, el pensamiento especulativo comenzaría a elucubrar que unos duendes la despegaron del árbol que la afianzaba o que un viento vertical la bajó de las ramas. Guillermo se limitaría a pensar que, dado que “cayó” al suelo, existe un “algo” que la impulsó verticalmente al piso. Como ese “algo” no es tangible ni tiene forma, se concluye que no puede ser un viento (no hay viento vertical hacia abajo), ni un duende (jamás se ha visto uno). Por tanto, debe “nombrarse” ese “algo” que ha tirado la manzana, y se le llamará “fuerza”. Otro axioma de Guillermo al respecto de “la navaja” es, a mayor cantidad de pruebas, mayor es la certidumbre de una conclusión. La manzana puede llevar a un proceso experimental que concluya que “todo aquello que se suspende, tiende a caer”. El “dogma”, se define entonces, como aquella creencia que no se sustenta por pruebas, sino por un “auto de fe”. En teología, mencionaba Guillermo, cada quien es libre de probar su relación con Dios, según su razón lo requiera. “Toda esencia y existencia de todas las cosas, (…) dependen de la experiencia. La inteligencia pone en acción la inteligibilidad de la experiencia, y la racionalidad establece los criterios por los cuales, un proceso cognoscitivo se desarrolla desde la experiencia, hasta la afirmación[5].”

Guillermo de Occam y la comunicación

Lonegran establece que la máxima aportación de Guillermo a la comunicación, es su concepto de “universal”. Umberto Eco concibe como “signo feliz” o “signo social”, a aquellos referentes que se popularizan a tal grado, que se impregnan en las mentes de una mayoría. Los universales, no son más que conceptos que conforman el “saber colectivo” de las civilizaciones. La gran pregunta es, ¿cómo llegan los universales a todas las mentes? Por medio de la comunicación. Guillermo de Occam concebía a la comunicación, como la base del conocimiento. Cuando el término se asigna, la locución del mismo (el acto de nombrar) representa el inicio de la comunicación, Un receptor comienza a nombrar el objeto con el término que ha aprendido, y retransmite esta etiqueta a nuevos receptores. “Resulta claro que la humanidad, expresada como la comunidad de la acción, necesita de la comunicación, porque no puede haber acción común, si no hay conocimiento común[6]”. El “universal”, es un término “socializado”, gracias a la comunicación:

(…) El universal humanidad, no es meramente un concepto, una abstracción, sino una realidad inteligible que se despliega en una multiplicidad inteligible de personas. El nivel de “muchos”, se da en virtud de la materia, pero el universal concreto se en clava en el universo concreto y existente del ser, en la especie humana, en el devenir humano e histórico en que vivimos y actuamos. Significa asimismo, la unidad de la acción humana. Significa comunidad[7].

Cabe destacar que Guillermo plantea que, aunque la humanidad puede concebirse como un “todo”, y existan conceptos universales, no por ello, todos los seres humanos son iguales. Los individuos son diferentes entre sí, y percibirán de forma distinta, los universales. En su Comentario a las sentencias, Guillermo establece que: “nada hay en los hombres de común o plenamente comunicable, ni siquiera por potencia divina; no hay ningún componente en los seres humanos que los dote de universalidad o que implique comunidad[8]”. En cambio, el “juicio”, es definido por Guillermo como la capacidad humana de desechar un “universal”, para modificarlo por un término arbitrario. La opinión personal, es la decisión humana de seguir o no lo universales. La capacidad crítica, es aquel “reto lógico” hacia los universales, que se comunica de un ser humano a otro, a manera de debate con la realidad social. “Todos los juicios, para ser exactos, deben constar de un valor empírico; la ciencia se considera un axioma, y el saber tiene por objeto, ordenar el conjunto de hechos observables para fines prácticos[9].” El problema de Guillermo en todo caso, es su concentración en la comunicación de masas, y su poca atención en el fenómeno de la comunicación interpersonal o intrapersonal. Sin embargo, es tal vez el primer estudioso de la comunicación colectiva, cuando desde Platón hasta Santo Tomás, los filósofos se habían concentrado en la comunicación de lo material con el espíritu. Sus aportaciones más grandes son, por tanto, “la imagen en el conocimiento, el universal como principio del conocimiento, y este universal como pilar de la comunicación.” Asimismo, es notable destacar la distinción de Guillermo entre el objeto y la percepción, entre el “nombre” y la “cosa”.


Bibliografía: Yurén, Adriana, Conocimiento y comunicación, Editorial Alhambra, México, 1994.



[1] Yurén, p. 58.

[2] Ibíd., p. 59.

[3] Cit. Por Yurén, Ibídem.

[4] Ibídem.

[5] Ibíd., p. 61.

[6] Ibíd., p. 64.

[7] Ibíd., p. 63.

[8] Ibíd., p. 61.

[9] Ibíd., p. 64.

Aristóteles, o entre la lógica y la materia

Si la luna tiene fases, la luna es esférica.

La luna tiene fases.

Por lo tanto, es esférica.

-Aristóteles, Lógica, p. 67.


De “las ideas” a la pragmática

Aristóteles (382-322 a. de C.), nació en Macedonia, en la ciudad de Estagira. Su nombre (Ἀριστοτέλης), quiere decir “el mejor de los finales” o “gracia de los dioses”. Fue hijo de Nicómaco, médico discípulo de Hipócrates (padre de la medicina), y galeno particular del rey macedónico Amnitas, por lo que se involucró desde muy joven en la vida política, al asesorar a su padre y a varios legisladores. Sin embargo, descubriría durante la madurez –alrededor de los 40 años-, que sus verdaderas pasiones serían la zoología, la botánica y la filosofía. Su formación filosófica se remonta al 366 a. de C., cuando a los dieciocho años, en enviado a Atenas para estudiar en la Academia de Platón. Su maestro, le llamaba “el lector” por su afición a los estudios. Aristóteles le fascinaba conocer los avances científicos de los egipcios, los fenicios, los persas, los africanos del norte, y los helénicos (norte de Grecia). En el 336 a. de C., Aristóteles fue convocado por la corte macedónica para instruir al joven príncipe Alejandro Magno, que se convertiría en el más grande conquistador macedónico del siglo II. En el 322 a. de C., Aristóteles viajó a la corte de los basileos, discípulos de su suegro, el rey Hermias de Atarneos. Ahí le fue permitido junto con su discípulo Xenócrates, dedicarse a la Biología, clasificando especies, estudiando la vida animal, y escribiendo sobre Botánica. Sus estudios en esta fase, no sólo se limitaron, sin embargo, a las ciencias exactas. Escribió sobre ética, política (La política), lógica (La lógica) y estética (Arte poética). Sus aportaciones a la ética, particularmente, resultaron de una serie de cartas dirigidas a su hijo, Nicómaco (Ética nicomáquea). En el 335 a. de C., le fue conferido fundar su propia escuela, el Liceo (o Likeios, por localizarse en un edificio dedicado a la adoración del dios Apolo). Los estudiantes de este lugar, se les conocía con el nombre de “peri pathos”, o “insectos de la periferia”, ya que gustaban de recibir sus enseñanzas al aire libre y alrededor del templo.

Aunque en un principio, Aristóteles coincidía con Platón en la existencia de un “mundo ideal” formado por la virtud, conforme se alejaba de la Academia, logró crear un pensamiento propio, que se escindía de los principios platónicos. Sin negar la presencia de un mundo metafísico, formado por el espíritu, Aristóteles determinó que la “búsqueda de la verdad”, no consistía en llegar a este plano espiritual, sino en el conocimiento del entorno material, a través de la observación y de la razón. La función de “hallar la virtud” y la “plenitud del espíritu”, es propia del artista, sin embargo, el filósofo debe dedicarse a los asuntos terrenales. Debe descubrir cómo funciona el mundo que le rodea, y someter los “discursos” de la ciencia y de la religión a la certidumbre, por medio de la lógica. Según Aristóteles, de nada sirve el pensamiento filosófico, si no tiene aplicaciones prácticas del conocimiento. A esta capacidad de “racionalizar y “problematizar” los fenómenos cotidianos, Aristóteles le denomina “pragmática”. A diferencia de los sofistas, la aplicación “práctica” del conocimiento en el pensamiento de Aristóteles, no necesariamente debe servir a fines políticos o militares. El pretender llevar todo conocimiento a la dominación de los pueblos, es demagogia (un pensamiento egoísta, convenenciero). Debe, por otra parte, llevarse la lógica a los conflictos más simples y cotidianos de la vida diaria. Sólo así, se asegurará un “conocimiento cierto de las cosas”, en todo tiempo, lo cual Aristóteles le denominó ciencia. “La meta de la ciencia, según Aristóteles, es formar un universo inteligible (saberes y teorías) a través del descubrimiento gradual del universo sensible. Sólo a través del uso de los sentidos, se hallan las únicas substancias primarias[1].” Aristóteles determina, que existen dos inteligencias, una “pasiva”, que se limita a la intuición más simple, el “sentido común”, y otra, “activa” que es la racionalización permanente del universo.”La razón por la cual la inteligencia espiritual percibe las esencias universales abstrayéndolas de las cosas sensibles es que hay una inteligencia pasiva, que debe ser excitada por el intelecto activo, que es el que abstrae las imágenes mentales de las cosas esenciales.[2]” Contrario al pensamiento platónico, que va de lo sensible a lo ideal, Aristóteles parte de lo sensible: “El conocimiento sensible, no es sólo ocasión para que surja la idea, el dato sensible trae consigo los datos inteligibles iluminados y captados por la inteligencia[3].” Cabe destacar, que Aristóteles distingue distintos tipos de inteligencia, según diferentes áreas del conocimiento. El “animal racional” –como le denominaba al ser humano, posee una inteligencia lingüística, una lógica pura, una kinestésica, una visual, una musical, una facultada para la comunicación interpersonal, y otra, para la intrapersonal. Seis de ellas giran en torno a la lógica, que es la inteligencia mayor y el centro de la razón (Ética Nicomáquea).

La teoría del conocimiento de Aristóteles

Según el planteamiento aristotélico de la “lógica”, el ser humano sólo necesita una “pequeña mecha” para encender su hambre de conocimiento. La inteligencia pasiva, es su capacidad inductiva elemental, su facultad para preguntarse cómo funciona el mundo que le rodea. Cuando el ser humano razona y compara, con el fin de saciar su curiosidad, pone su intelecto en activo. El conocimiento lógico, se halla por medio de un proceso racional que Aristóteles le denomina silogismo (epistemonikos). Éste, se forma a su vez, de una cadena de razonamientos que, al guardar cierta lógica, permiten la verificación de un planteamiento.

Para llegar a conocer, se debe partir de la “causa absoluta” del fenómeno, de lo general. A este “gran razonamiento”, se le denomina causa cognoscendi. De ese punto, se parte a las particularidades del fenómeno, que lo conectan de forma directa a la “causa general”, las causas esendi. En el siguiente ejemplo, se ilustra un razonamiento gradual, a través de la lógica aristotélica:

A es un mamífero. (Observación inicial)

El mamífero es aquél que viene al mundo, a través del vientre de su madre (causa cognoscendi).

B, ha venido al mundo a partir del vientre de su madre.

B es un ser humano (causas esendi).

B es un mamífero, por lo que B, es como A.

El enunciado, entendido como la proposición lógica básica, es un planteamiento declarativo formado de dos partes, el “sujeto” (aquel fenómeno u objeto que desea conocerse) y el “predicado” (las implicaciones del fenómeno u objeto a conocer). El conocimiento aristotélico, tal como el platónico, es dialéctico, sin embargo, parte de la “asociación” de conceptos y declaraciones, y no de su “oposición”. La negación de algún enunciado sólo surge, cuando algún descubrimiento u opinión de un externo, rompen la cadena lógica entre enunciados:

A es un mamífero (Observación inicial)

El mamífero es aquél que viene al mundo, a través del vientre de su madre (causa cognoscendi).

B vino al mundo a través de una madre.

B no vino al mundo por medio del vientre de esta madre, sino por un huevo. (causas esendi)

¿Puede B, ser un mamífero?

-Sí cumple con haber venido de una madre.

-No cumple con haber venido de su vientre. (Dialéctica)

B no es un mamífero, ni es como A.

El conocimiento “verdadero” verifica su validez o bien, su incertidumbre, cuando se le somete al cuestionamiento. La dialéctica aristotélica, es el intento de negar lo que se sabe, para verificar la certidumbre de este conocimiento. “El origen de la argumentación, viene cuando el oponente dice algo que es significante para ambas posturas, la afirmación y la negación, porque si la negación no significa nada para tal hombre ni para uno, el razonamiento es inútil[4]”. Cuando los conocimientos no pueden rebatirse o ser negados, se sabe que se ha llegado a la “verdad absoluta” (principio de no contradicción). La dialéctica es, para Aristóteles:

Un proceso de criticismo, en el cual yace el camino a los principios de todas las interrogantes, la dialéctica procede del cuestionamiento, es un modo de examinar que puede ser usado por cualquiera, el dialéctico examina por medio de la ayuda de una teoría general del razonamiento, que es la lógica. (…) Todas las ciencias tienen una comunión entre sí, y con la dialéctica, que está en comunión con todo, y con cualquier conocimiento, que busca una prueba universal por medio de axiomas (…) la dialéctica es libre, no se somete a nada, no tiene una esfera definida[5].

Según Aristóteles, el mundo sensible está en constante cambio, en dinamismo perpetuo. Toda materia que se estudia, evolucionará algún día en “otra cosa”, por lo que ningún conocimiento es plenamente válido, sino que debe estar actualizándose. Mientras la materia es dinámica, el conocimiento es estático (principio de potencialidad). Hay una separación entre lo potencial, entonces, “lo que puede saberse”, y entre lo actual, “lo que se sabe”. “Su teoría de la potencia y el acto se aplica en el caso de la visión, diciendo que la facultad de ver es la potencia visual, mientras que el acto de ver es el “acto”.[6] “ Todo puede definirse a través de su naturaleza y sus actos. La metafísica, es el origen de todas las cosas, a partir de una naturaleza general, que le es revelada al hombre, una vez que éste descubre gradualmente, el funcionamiento de todo a través de la lógica. En la obra homónima de este planteamiento, Metafísica, Aristóteles se pregunta ¿qué es el hombre?, y a partir de su observación de la “naturaleza humana”, da una definición tentativa: “el hombre es un compuesto dual, formado de un alma y un cuerpo. La substancia del hombre, es el punto de unión entre ambas partes, es su capacidad sensible, que remite a su espíritu.[7]”

A partir de la naturaleza de las cosas, el logos (conocimiento lógico, racional), debe dividir a cada objeto en categorías: su medida, su peso, sus aptitudes, su composición. El conocimiento que emane de las categorías, permitirá la clasificación de los objetos, en ramas científicas determinadas, para su estudio (taxonomía). El fin último del conocimiento, a través de la categorización, es la generalidad del mismo. Se busca que exista un solo “conocimiento veraz”, validado socialmente, capaz de ser transmitido y debatido por la mayoría. A diferencia de Platón, Aristóteles no cree que el iluminado deba ser un filósofo incomunicado que haya hallado la plenitud, sino que promueve al sabio como un maestro que enseña a los otros a descubrir el mundo que les rodea, y que los motiva a validar sus propios conocimientos.

Aristóteles y la comunicación

Como Platón antes que él, Aristóteles distingue la dialéctica de la retórica. Según este filósofo, dialéctica y retórica se someten a la lógica como disciplina general. La dialéctica, “no es una ciencia como tal, pero es la negación permanente de las ciencias, para su validación[8]”. La retórica es, en cambio, una negación menos objetiva, más arbitraria, que parte de la opinión o de una percepción personal “no científica”, sino opacada por los sentimientos. La conversación no sale de un plano retórico, mientras que el debate profundo, posee nociones dialécticas. La comunicación, de esta forma, se divide en dos: una que es ociosa, y que parte de probabilidad e inexactitud, y otra que es certera, y que consiste en el compartimento de los conocimientos válidos, o en su negación, con miras de verificación.

Según Yurén, la aportación aristotélica más grande a la comunicación, es su concepto de conocimiento integrado. Para Aristóteles, el conocimiento el mundo integra nuevos conocimientos, y se debe volver cada vez más complejo, conforme las sociedades se acerquen más a la verdad sobre ciertos fenómenos. El “libro”, entendido como un memorial de conocimiento, como una pieza que contenga objetivamente, cadenas lógicas de conocimiento, es una necesidad básica de la civilización, según Aristóteles. Por tanto, plantea que el conocimiento “debe ser comunicado”, ya que su objeto, es el de comunicarse a las masas. Desde las bibliotecas hasta los medios de comunicación social, son un producto indirecto de la noción aristotélica de “integrar” el conocimiento a los saberes sociales. La divulgación científica de la actualidad, que se realiza a partir de revistas y compendios académicos, también obedece al principio de “integración” aristotélica. Lonegran plantea que para Aristóteles, “la comunicación es la facultad humana de hacer común un conocimiento[9]”. Lonegran establece, sin embargo, que el error aristotélico residió en que plantea un “conocimiento inamovible”, legitimado por libros y bancos de datos, mientras que el conocimiento actual es dinámico. No existen “verdades absolutas”, sino provisionales, legitimadas velozmente por los medios de comunicación. El conocimiento “mediático”, ya no requiere de durar por siempre, sino de ser consumido rápidamente, para dar pie a nuevos conocimientos: modas, referentes, formas de hablar y comportamientos.

La lógica de Aristóteles trasladada a la lingüística y a la semiótica, es la lógica peirciana. Peirce, como Aristóteles, plantea una validación por “oposición” y “asociación” a manera de triángulo. Lo comunicable, la palabra o el concepto, se conecta en la mente con un “referente previo” del mismo (causa esendi), y con una idea general o definición social de lo que significa (causa cognoscendi). A diferencia de Saussure, que promueve que la base del aprendizaje lingüístico es la oposición, Peirce establece que la lógica es el fundamento del aprendizaje, tal como Aristóteles. Si el hombre es un ser lógico, como plantea el pensamiento aristotélico, es por ende, un “comunicador” o “comunicando”. “Aristóteles planteó el esquema básico de la comunicación –hablante, mensaje y oyente-, a través de su tesis del hombre como animal de logos. La referencia del orador, el discurso y el oyente, ha sido utilizada a través de la historia por los estudiosos de la comunicación[10].” La lógica aristotélica podría definirse, de cierta forma, como la primera teoría de la comunicación, como una esquematización primaria de la acción comunicativa. Aristóteles, es entonces el padre de la ciencia progresiva, de la crítica y observación como métodos del conocimiento, del pensamiento epistémico (prueba lógica y error), y de la necesidad humana de “comunicar” los conocimientos, de posicionar socialmente lo que se sabe.


Bibliografía:

Yurén, Adriana, Conocimiento y comunicación, Editorial Alhambra, México, 1994.



[1] Yurén, p. 30.

[2] Ibídem.

[3] Ibídem.

[4] Ibíd., p. 31.

[5] Aristóteles, Analítica, Libro II, cit. En Yurén, Ibíd., p. 32.

[6] Ibídem.

[7] Ibíd., p. 32.

[8] Ibíd., p. 50.

[9] Ibídem.

[10] Ibíd., p. 51.